Buenos Aires, malos tiempos para vos

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Tiene una canción Fito Paez que me emociona sobre manera. Recoge la descripción poética de una ciudad a la que ama y a la que hoy toca dar un homenaje. La canción en cuestión dice así:

 

 En Buenos Aires brilla el sol y un par de pibes, en la esquina, inventan una solución.

En Buenos Aires todo vuela, la alegría, la anarquía, la bondad, la desesperación… En Buenos Aires casi todo ya ha pasado de generación en degeneración.” 

Solo poner el pie en tierra se encuentra uno con una ciudad en continua transformación, orgullosa y nostálgica de su pasado, poniendo en boca de cada bonaerense que cuando el 1 a 1 vivian mejor. Hoy en día aun quedan esos ecos y te provocan una sensación de que se disfruta con las glorias pasadas y hay escasas ilusiones en los nuevos proyectos.

Hay un célebre dicho popular que dice: “Los mexicanos provienen de los aztecas, los peruanos de los incas y los argentinos, de los barcos”. Y es que Buenos Aires es una ciudad de inmigrantes e influencias del extranjero, distinta, tanto en su aspecto como en su carácter, del resto de las grandes metrópolis sudamericanas.

 

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Fue fundada, como no podría ser de otra manera, a orillas del Río de la Plata en el siglo XVI. En sus orígenes una importante comunidad genovesa la reinventó para que a finales del siglo XIX fuera una potencia en la industria cárnica y un importante centro cultural cuando el resto de Occidente pasaba penurias por las guerras y las depresiones.

Algunos adjetivos más que me vienen a la mente cuando escribo sobre esta ciudad son los de Introvertida, obsesionada con la apariencia, con capacidad para reinventarse y egocéntrica cual Narciso en su estanque.

 

” Y Buenos Aires come todo lo que encuentra como todo buen Narciso, nadie como yo.

Pero el espejo le devuelve una mirada de misterio, de terror y de fascinación.”

Buenos aires supo asimilar lo mejor del resto del mundo, con lo que dotó a sus calles de la esencia de la mejor arquitectura mundial: Bulevares parisinos, un teatro de ópera de estilo barroco español, monumentales fuentes italianas y una cuadrícula modernista semejante a la de barcelona. A su vez, los muelles de Puerto Madero se inspiraron en los de Londres, al igual que los buzones y las cabinas telefónicas de color rojo del elegante barrio de Recoleta, donde nació y esta enterrada Eva Perón. El resultado de semejante mezcolanza es una sensación curiosa, con todos los símbolos de una ciudad imperial, pero sin una historia imperial tras de sí, en fin, un auténtico palimpsesto (Me encantó esta palabra oída a un porteño).

La mejor forma de conocer la ciudad es a través de los taxistas. A los que somos curiosos nos encanta que nos cuenten cosas de cada ciudad y ningún lugar fue tan bueno para esta práctica como Buenos Aires. Es una enciclopedia “taxista”. Recuerdo que mientras nos llevaban a los diferentes destinos, los taxistas soltaban la mano del volante y, haciendo aspavientos y exagerados ademanes, nos pasaban lista a la situación política, económica y social del país. Si algo no lo quería platicar nos decía sin inmutarse “eso no lo conversemos”.Nos quedamos con la sensación que de nada sirven los tertulianos radiofónicos cuando es un taxista el que habla. Un orgullo ser de este gremio en Buenos Aires.

No seriamos justos si no dijéramos que es una ciudad erótica y sensual. Es aquí donde nació ese baile que es lo más próximo a una penetración en posición vertical y con la ropa puesta. Hubo que esperar a que los franceses adoptaran el tango en su cultura para que el pequeño bandoneón se hiciera un hueco entre las clases adineradas de Buenos Aires. El ritual de este peculiar coito bailado no ha perdido ni un ápice de su brío en manos de los elegantes hombres vestidos de negro cual réplicas de Julio Iglesias. El otro gran placer carnal de la ciudad es su célebre carne a la parrilla, presente hasta en la más humilde de las casas.

 

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Estos dos placeres resumen la esencia paradigmática de Buenos Aires: por un lado, el nostálgico y decadente hedonismo forzado de miles y miles de italianos y españoles que huyeron de los rigores del Viejo Continente y, por otro, ese sentimiento de culpabilidad tan vituperado que hace que uno tome conciencia de que lo propio y bueno llegué algún día a su fin. Pero aun entonces, siempre habrá tiempo para un último tango. Pero esta vez no será Paris quien bien valga “este” tango.

 

“En Buenos Aires nos acechan los fantasmas
del pasado y cada tango es una confesión.
Cuando en el mundo ya no quede nada,
en Buenos Aires la imaginación.

En Buenos Aires he perdido mil batallas
pero hay una guerra que pienso ganar”.

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RAULET EL ARTILLERO | REDACTOR TURÍSTICO Y DE VIAJES

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